11
Jun
2015

Sobre museos, blogs y redes sociales. Este mundo virtual visto por Fernando Castro Flórez

Por todos es conocido dentro del mundillo este del arte, los comentarios en el muro del perfil de Facebook, del por unos amado y por otros odiado, crítico de arte Fernando Castro Flórez. Anotaciones perspicaces llenas de picante que despiertan el yo crítico aunque sea en desacuerdo.

Llevo desde hace varios meses observando cómo se comporta este ecosistema artístico en las redes sociales y, por ello, me he animado a preguntar a este ácido participante sobre cómo ve desde su ojo no experto en social media pero sí en criterio, a mi juicio, este mundo virtual. Aquí podéis leer el resultado sobre nuestra pequeña charla sobre blogs, museos, artistas, prensa en internet, y claro, redes sociales.

fernando castro florez.-gijon 7.10'.2014 foto de p. citoula

Fernando Castro Flórez en una conferencia en Gijón (2014). Foto de P. Citoula

Como usuario activo en redes sociales (sobre todo en Facebook), ¿Cómo percibes el lenguaje en que se trata/habla a los visitantes virtuales desde los museos? ¿Consideras que prima lo visual por encima del contenido? ¿Se busca “educar” o tan sólo hacer imagen de marca? ¿Qué echas en falta?

Tengo la impresión de que, en términos generales, los museos no saben aún cómo utilizar las redes sociales. Aunque hay algunas instituciones que hacen “esfuerzos”, la verdad es que generan un material que me atrevo a calificar de “anodino”, aburrido o bastante plúmbeo. Tal vez tenga, lisa y llanamente, que ver con la incapacidad para pensar la especificidad del medio, las características del canal y las necesidades del usuario. Intervenimos, percibimos e incluso “habitamos” en la red de un modo diferente a como lo hacemos en otros contextos y espacios; necesitamos, por tanto, de nuevas perspectivas, modos comunicativos y “escalas” para producir masa crítica y también con el fin de movilizar los afectos y las percepciones de un modo diferente la habitual. Estamos todavía en la “pre-historia” de lo que llamaría “agitación y agencia virtual museística”. No faltan instituciones totalmente “viejunas” que ni se plantean el problema. Peor para ellos porque ni siquiera sabrán lo que les falta. En cualquier caso, lo que falta y aquello que más necesitamos es entusiasmo, ideas brillantes, impulso crítico y, sin ningún género de dudas, quitarnos el tono burocrático o incluso “académico” (en el peor sentido de un término que tiene matices maravillosos) para conseguir generar lo que nombramos tantas veces pero que tan lejos está de nuestra vivencia y horizonte: una comunidad más intensa que sea, gracias a lo virtual, radicalmente real.

¿Qué red social ves más interesante y efectiva a la hora de propiciar un punto de vista crítico hacia el arte contemporáneo? 

Todas tienen sus potencialidades. No he sido nunca un “fetichista de los medios”. Considero que tan crítico se puede ser recurriendo al modelo tradicional de una conferencia magistral o utilizando twitter. Insisto en tratar a cada espacio teniendo en cuenta sus “posibilidades”, incluso cuando se traten de forzar o expandir. Utilizo todo lo que tengo, nunca mejor dicho, a la mano: desde un cuaderno con un bolígrafo, a facebook o una carta con un sello que luego me obliga a peregrinar para buscar un buzón. En cada “lugar” me planteo la cuestión de qué puedo y quiero decir. Estamos obligados a quebrar el discurso a ser algo más que “flexibles” (el venenoso imperativo post-fordista), impulsados a buscar una crítica site-specific. Consciente de que tan incisivo y dinamizador puede uno ser a través de la redes cuanto tedioso o insustancial, dejo siempre de lado el “hechizo del dispositivo” o la mistificación del “canal comunicativo” para pensar en lo que me interesa decir y en qué contacto puedo establecer con esos otros que están ahí.

¿Consideras que los artistas, tanto conocidos como menos conocidos, saben sacar provecho a las redes sociales para llegar al público?

No creo que sea tanto una cuestión de llegar al público cuando una dinámica que disuelve la cuestión de “llegar” o la distancia “espectatorial”. La interactividad, con todas las matizaciones que se pueda hacer a esta dinámica, de las redes hace que uno tenga que plantearse si lo que quiere es hacer “marketing” continuo o convertir la red en un “espacio expositivo”. Tiendo a pensar que es una zona compleja, incluso pantanosa, para comunicar, leer y escribir, cotillear y agudizar el foco en medio del vértigo. Hay tantos artistas, escritores y “especies híbridas” en la red cuanto modos de intervenir y estrategias. Se podría hacer, aunque no parece fácil, una “zoología de las tácticas virtuales” para dar cuenta de todo esa nueva “invención de lo cotidiano” en clave de Michel de Certeau. Somos cazadores furtivos en un tiempo que no es meramente de “cultura de la convergencia” sino también de monitorización de los discursos y de las pasiones. En la sociedad “24/7” tenemos que valorar no tanto si estamos “sacando provecho” sino propiamente “qué podemos y queremos hacer”. No hace falta ser leninista para darse cuenta de que esa “voluntad de poder” (esto es, el trenzado de dispositivos de visibilidad, formas de enunciación y procesos de control biopolítico) en una construcción procesual de “subjetividades” requiere de un desmantelamiento del tradicional público. Tal vez sea necesario, en primer lugar “llegar” a clarificar, antes de nada, qué busca y, sencillamente, que significa eso de “dar a conocer” antes de planear si uno es un artista (o lo que quiera que sea o desee ser) conocido o maravillosamente desconocido.

Al igual que la TV o la radio, las redes sociales tiene su propio lenguaje y reglas de cara a la galería, ese mundo virtual o gran ojo que todo lo ve. En esta sociedad de la hipervisibilidad, ¿no te parece contradictorio el mostrar en la red una proactiva imagen virtual que no se corresponde con la real con el sólo afán de que si no estás presente virtualmente, no existes?

Estoy de acuerdo contigo cuando indicas que la red o, mejor, las redes tienen sus reglas. Precisamente cuando uno las comprende puede tratar de cambiarlas. Aquí me apropio de la reflexión wittgensteiniana sobre los “juegos de lenguaje”: necesitamos emplear la caja de herramientas para “bricolages” no planificados. No veo un problema insoluble o una “contradicción” insalvable en ese hiperactivo sujeto-virtual que no coincidiría con eso que llamas “real”. En cierta medida, esas caracterizaciones hace tiempo que se evaporaron. Todos, afortunadamente, estamos lanzados, en esta época tan demoledora cuando apasionante, a inventarnos más allá de los esencialismos o de los discursos fundamentales y fundamentados. Otra cosa es lo que sugieres, con mucha razón, de que todo se convierte en un nuevo “argumento cartesiano”: “iPod therefore I am”. Supongo que en la “mascarada gozosa de la subjetividad híbrida” hay quien solamente busca completar huecos enormes en su ego. Estamos asistiendo a una paradójica sedentarización en plena ideología de lo nomádico: hiperconectados pero incapaces de participar en nada. A golpe de “like” o retwitteando cualquier parida pensamos que estamos a tono con lo que pasa que sería propiamente una nadería. Igual que algunos necesitan recurrir al “abracismo” en las ferias de arte y he escuchado mil veces que si no estás en “ARCO” no existes, también son abundantes los especímenes que requieren de una “construcción virtual” para inflar su nulidad existencial. Por otra parte, ese tipo de narcisistas (estrictamente bipolares) no tienen fácil tratamiento y, en un momento de saturación farmacológica (esa industria que alimenta la “psicopatologización social”), la red funciona, en cierto sentido, como aquel imperativo “victoriano” a hacer visible todo lo perverso para controlar mejor cualquier mutación (rebelde o revolucionaria) del mundo. El gatopardismo no cesa aunque eso tampoco me deprime, curado como estoy de espanto, dispuesto a seguir navegando a mi manera en un red que nunca he considerado como “nada del otro mundo”.

¿Podrías contarnos cómo utilizas y para qué tus perfiles sociales? ¿Te autocensuras en algún momento? ¿Buscas abrir espacios de debate o tan sólo dejar tu opinión?

Empleo facebook, twitter, tumbler, los blogs, etc. como espacios que me permiten fracturar mi proceso de escritura. Soy un fanático de Theodor W. Adorno y, desde comienzo de los años ochenta cuando empecé a estudiar en la Universidad Autónoma de Madrid, no me ha acompañado su laberíntico estilo de pensar, pero sobre todo me ha servido para meterme en terrenos en los que él seguramente se habría sentido incómodo. Mi brújula es una especie de curiosidad enfermiza. No soy y nunca lo seré un experto en nada. Disfruto escribiendo y dando clases, hago exposiciones con la finalidad de aprender en diálogo con los artistas y confrontándome con objetos y espacios que ponen en cuestión la racionalidad a ultranza en la que me eduqué. Tomé en serio la frase de que “el todo es lo no verdadero” y así me aparté, desde mis primeros esbozos ensayísticos, del tono sistemático. Tuve que camuflarme como un paradójico “perezoso-incansable” para ir de acá para allá sin pedir permiso a nadie, leyendo y estudiando a tope pero sin el afán de convertirme en una “autoridad”. Comencé hace años a escribir en blogs que tenían la función de dar cuenta de lo que llamaría el “turno de noche del pensamiento”. El libro “Fasten Seat Belt. Cuaderno de Campo de un Crítico de Arte” da cuenta de todo lo que me animó en el blog “Lo que yo te diga”. Recibí infinidad de insultos y me terminó molestando la mala baba del “anonimato” en la red. Comprendí que el blog sería una herramienta académica importante y lo utilizo desde hace tiempo con mis alumnos en la universidad, principalmente para animarles, desde el primer curso, a escribir y a pensar en lo que dicen. Llegué muy tarde a facebook (no me gustaba nada ese rollo del “quieres ser mi amigo”), animado por mi hija Elena. Lo curioso es que descubrí que era divertido y que los ánimos estaban más calmados que en otras zonas de la red. Utilizo el muro como un espacio de transición y desconexión, no quiero pontificar ni es propiamente un lugar en el que haga “crítica de arte”; lo mismo pongo una cosa sobre política que una foto de mi perrita o un vídeo chorra. Busco, por todos los medios, distraerme, en el sentido estricto. Escribo con mil elementos que impiden que me concentre como si estuviera haciendo un “exorcismo” de la actitud meditativa clásica. Pongo la tele, escucho programas basura, pongo un disco pachanguero, contesto al teléfono, entro y salgo de facebook, mando mails, salgo a la compra, me monto a pedalear en la bicicleta estática. Tengo en mi “estudio” varios “campos de acción” abiertos a la vez: libros en proceso, ensayos breves o largos, críticas para el periódico, columnas para las revistas en las que colaboro, TFGs y TFMs de los alumnos de grado y máster. En cada espacio hago lo que puedo y lo que me place. Como soy un detractor de la frase de Teresa de Ávila (“escribo como hablo”), lo que planteo es una “contextualización” de cada cosa, pero de forma automática; por ejemplo, lo que posteo en facebook está hecho a primera intención, como un borrador, sin corregir nada, con erratas y desastres de puntuación, como una reacción instintiva y, acaso por ello, hondamente ritualizada. He tenido la fortuna de sufrir poquísimas censuras en mi trabajo como escritor y crítico desde los años ochenta. No quise formar parte de capillitas cuando empecé, tampoco me pedían formar parte de ninguna. Escribía y escribo lo que me da la gana y, por razones que ignoro, no me censuraban o meramente me cambiaban (con toda la razón) una coma o acortaban cuando me iba de madre. Cuando tengo la impresión de que algo no se puede decir tengo la jodida manía de soltarlo. Soy, desde pequeño, un incontinente y hasta inoportuno, me he columpiado en infinidad de ocasiones y puedo ser metepatas hasta niveles inconfesables, intento no ser el rey de la descortesía (otros cumplen ese papel a la perfección) pero mi carácter no me permite ser “versallesco”. He conseguido disfrutar de lo que haga durante más de tres décadas, mantengo un puñado escaso de amigos y los que me conocen saben que no voy de “coleguita” ni me gusta el pasteleo. Repito mucho una frase: siento decir lo que pienso. No es una excusa sino la tarea moral de un crítico.

Así luce hoy el antaño blog de Fernando, jugando con las palabras

Así luce hoy el antaño blog de Fernando, jugando con las palabras

Como filósofo, ¿a dónde crees que nos llevará todo esto de las redes sociales? 

No soy, propiamente, un filósofo aunque estudié (con pasión) filosofía (que entonces se llamaba “pura”). Mi tendencia a la impureza me llevó a transitar por esa zona que llaman estética evitando ser un “esteticista”. Tampoco tengo dotes visionarias ni estoy en la línea de la “pitonisa Lola”. Por tanto, no puede responder a nada desde donde me preguntas, aunque si tengo un recurso mínimo para no dejar la cosa como si nada: puede que las redes no nos lleven a ningún otro sitio que a aquel en el que ya estamos. Acaba de salir la traducción del libro de Jonathan Crary “24/7” y he reaccionado a esta intensa meditación con un ensayito que he titulado “Arte (descompuesto) 24/7 y estética (estrictamente) bipolar”. Perdón por citarme pero tal vez ahí pueda alguien leer lo que pienso de nuestro destino siempre y cuando aceptemos que la catástrofe no es solamente el último acto de la tragedia sino que “esto siga siendo así”. La pesca (de los acontecimientos) virtual (de una subjetividad que tiene lo real, en sentido lacaniano, despotenciado o desactivado) puede hacer que aflore una bota llena de arena. Welcome… (con el tono de Matrix).

Si hablamos de redes sociales, hablamos del entorno 2.0, es decir, también de los blogs. ¿Sigues blogs de arte contemporáneo? ¿Qué papel crees que juegan versus la crítica oficializada (El País, ABC…)? ¿Crees en el poder de internet para crear comunidades online en torno al arte?

He sido un fanático de los blogs, como escritor y como lector. El entorno 2.0 nos ha entregado una apertura de discursos verdaderamente seminal. Desde hace años me alimento vorazmente de toda clase de blogs y, aunque soy un “revistero” (esa ha sido una de mis grandes pasiones: escribir y colaborar en revistas), saco más partido de la red que del papel. Querría mencionar a uno de los bloggeros que más respeto (ahora que precisamente ha cerrado su blog) Javier González Panizo con www.blogearte.com porque ha escrito con un rigor y una integridad verdaderamente admirable. Por otro lado, el espacio de la crítica de arte en los periódicos se ha ido reduciendo de forma alarmante. Las secciones en los suplementos culturales han llegado a ser casi raquíticas y, a pesar de todo, se mantienen en medio de una crisis estructural de la prensa escrita. Sigo escribiendo en periódicos y revistas porque, como he indicado, no descarto ningún medio, ni siquiera la televisión donde hablar de arte es casi imposible, salvo si uno entiende toda la “dinámica corrupta” como un performance-freak. A pesar de que la cosa está muy cruda, no me gusta entregarme al llanto y crujir de dientes, especialmente porque no sirve para nada. Hay profesionales de la decepción y apocalípticos de salón que no pueden suscitar mi atención. No faltan catedráticos viejunos y una caspa pseudo-intelectual que pontifica de cosas de las que estrictamente no tiene ni puta idea. Un periódico está siempre dispuesto a darle una página entera a Muñoz Molina o a Vargas Llosa para que digan una sarta de paridas inmundas sobre la cultura contemporánea pero son incapaces de abrir espacios de discusión para abordar la complejidad apasionante y en ocasiones desquiciada de nuestro tiempo. Se ha abierto un abismo entre la viveza de la red (donde no falta la podredumbre intelectual, el analfabetismo irreductible, la difamación miserable o el despiste mayúsculo) y la previsibilidad anacrónica de los “todólogos” que están apalancados en las columnas periodísticas (nada que ver con los estilistas que soportaban la cruda vida anacorética) o con los tertulianos que imponen la estrategia del rebuzno en los presuntos debates “de actualidad” en una televisión que propiamente casi nadie ve aunque la tenga encendida. No soy optimista pero tampoco pesimista, cuando uno puede ser jovial. Tengo claro que hay razones para no desanimarse: la principal de ellas es que no se puede ir a peor. Ojalá esa “comunidad on line en torno al arte” que menciones sea algo que nos permita pensar, sentir y discutir con más intensidad o, por atenuar mi júbilo, sea una “zona de contacto y fricción” en la que pueda surgir algo diferente y, por qué no, divertido.

Perfil de Twitter de Fernando Castro Flórez

Perfil de Twitter de Fernando Castro Flórez

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4 Responses

  1. Fernando Castro Flórez

    parece que Adorno produce dolores de cabeza. A mí, por lo menos, me anima y, al mismo tiempo, me hace un maravilloso lío.

  2. Junto Yaparte

    Mandarines de siempre “abofeteados” por el medio, que acaban flotando en ese “maravilloso” lio 2.0. Hable con sus palabras y olvide a Adorno. Este tipo de situaciones recuerdan a la película de Allen, Annie Hall, y en particular a la escena en la que aparece McLuhan. Su uso particular del medio 2.0 sigue la dinámica de lo que Horkheimer y Adorno denominaron como “razón edificante”, pero no creo que deba explicárselo dado que usted es un “especialista”.

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