10
Ago
2017

El deleite estético

Artículo publicado en el blog de la Colección de la Fundación Mapfre

Todos guardamos con especial mimo algo que amamos, bien sea por su valor económico o, la mayoría de las veces, por su valor sentimental, la historia que atesora entre sus formas. Así, las chapas, los cromos o las muñecas nos retrotraen a nuestros años de juventud, a una etapa no adulta donde reinaba la creatividad dibujada de anarquía. Por el contrario, parece que lo concienzudo de sumar sellos o monedas a una colección, nos hace venir a la mente a personas con un carácter menos ensoñador, más maduro y reposado. Proviniendo ambas de distintas naturalezas, lo cierto es que, coinciden en un denominador común: la minuciosidad como máxima y la búsqueda como reclamo. Cuanto más se les resiste un objeto, más ansían poseerlo. Cuantas más rarezas traiga consigo, más singular les parece. Pero, ¿qué diferencia a este tipo de coleccionistas con un coleccionista de obras de arte?

Podríamos empezar hablando de lo más básico: coleccionar sí, acumular no. Cuando hablamos del bello oficio de coleccionar arte, por encima del número, variedad o tipología, prima la calidad de la pieza. Y, no estamos hablando del soporte donde ha sido realizada –el lienzo siempre es el más valorado-, tampoco de la materia –donde prima el óleo por antonomasia- ; sino del trazo, del gesto, de la pericia, en definitiva, de su autor. Y es aquí en donde reside el valor intrínseco del arte: su propiedad inmaterial, su belleza encerrada incuantificable, que hace que no se pueda equiparar al resto de bienes.

Si acaso el célebre historiador y crítico de arte, Arthur Danto, tendría mucho que decir a este respecto, me permito el lujo de decir en estas líneas que una de las máximas del arte, y el reclamo fundamental para el coleccionista, siempre ha sido el deleite estético. Ya avanzado el siglo XXI, “el abuso de la belleza” dejó de estar en la lista de imprescindibles, imponiendo una vuelta al orden natural de las cosas, al que todavía aspira en la actualidad: lo importante es el mensaje que quiere transmitirnos.

Si de algo, coleccionistas y no coleccionistas, hemos de estar agradecidos al arte es por su capacidad de mostrarnos un nuevo mundo lleno de matices de una misma realidad, un espacio que da visibilidad a lo particular, hasta lo residual. Quizás es este punto el que más valoro en una buena colección, su capacidad de trascender un mundo globalizado para mostrarnos la segunda historia, aquella que no está en los libros pero que forma parte de la identidad visual de una época.

Volviendo a las características de las colecciones artísticas, nos suelen hablar muy habitualmente de sus dueños, personas dotadas de un carácter filantrópico, mecenas culturales que buscan mostrar sus colecciones en vez de tan sólo custodiarlas. Empiezan a ser muchos los nombres de grandes empresarios que se animan a exponer sus tesoros, también a cederlos, a museos e instituciones para que ellos sean los encargados finales de mostrarlos al gran público. Sin embargo, me pregunto, ¿cómo recibe la gran masa estas exhibiciones de riqueza?

Flaco favor nos hacen las noticias de los precios alcanzados en subastas que cada dos por tres copan los medios. El enfoque siempre reside en el mismo punto, lo extravagante, lo cuantioso. Y es que, no nos damos cuenta, de que quien habla, sentencia, y quien sentencia, precede. Así pues, ¿qué esperamos que valoren las generaciones futuras que nosotros no hayamos puesto en valor?

En una sociedad donde las nuevas tecnologías y la cultura visual han tomado todas las esferas de la vida, me surge la enorme duda del concepto que estamos generando de propiedad intelectual y, por ende, de coleccionismo. Si ya para cualquiera todo es accesible mediante internet, ha sido realizado en serie y es fácilmente copiable, ¿cómo hacer comprender el valor diferencial de algo tan singular como el arte? ¿qué conservar en la era de la rápida digestión y fácil desecho?

Disfrutemos de los avances de nuestro tiempo pero poniendo en valor nuestro patrimonio cultural en forma de colecciones  con fondos artísticos que aspiren a relatar la intrahistoria, que generen constelaciones y no narraciones lineales, y donde la educación siempre sea una medio y nunca un fin en sí mismo.

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